La violencia no tiene cuarentena: Brutalidad policiaca

La violencia no tiene cuarentena

El auge de la brutalidad policiaca durante la pandemia del 2020

Fotografía por Elizabeth Ibal | El Occidental

Paola Cosio Camacho

    El 2020, sin duda alguna, es uno de los años más caóticos dentro de la historia contemporánea de la humanidad. El virus del SARS-CoV2 no solamente acabó con más de un millón de vidas, si no que también desembocó una fuerte crisis económica a nivel global, ocasionó la pérdida de aproximadamente 400 millones de empleos según la Organización Internacional del Trabajo, generó un desabasto de productos básicos, y modificó las normas y modos de socialización cotidiana. Estos factores, entre otros, propiciaron el surgimiento de una crisis política y social sin precedentes.

    Para un análisis correcto del contexto actual, es indispensable considerar que previamente a la cuarentena, estaban aumentando las tensiones sociales en la escala mundial. Recordemos, por ejemplo, las protestas en Hong Kong que iniciaron el 19 de marzo del año pasado, así como el estallido social en Chile, y las manifestaciones de diversos colectivos feministas por el 8 de marzo. Estos tres movimientos, disidentes en ubicación geográfica, ideología, y cultura, coinciden en una premisa fundamental: el hartazgo social ante la ineficiencia y abuso del Estado. 

    Con el paso de los años, podemos observar cómo la fuerza de las resistencias aumenta a la par de la dominación del Estado o de la ideología contraria. Un ejemplo bastante mediático es el caso del movimiento estadounidense de ''Black Lives Matter'' (Las vidas de las negros importan). Este movimiento surge en el año 2013 con la simple utilización de un hashtag en redes sociales, el cual trataba de visibilizar las problemáticas de violencia que atraviesa la comunidad afroamericana. 7 años han pasado, y observamos cómo este movimiento ha cobrado fuerza a nivel mundial, y que pasó de ser una simple frase en redes sociales, a ser protestas masivas en cada ciudad de Estados Unidos.

    Durante el periodo de aislamiento social, el 25 de mayo del presente año, sucede una tragedia que vuelve a visibilizar ante el mundo entero la presencia de una problemática que flagea los derechos humanos y que incluso logra arrebatar vidas; la brutalidad policiaca. Ese día, George Floyd, ciudadano afroamericano de 46 años, es asesinado por un policía en una aparente maniobra de detención. Sus últimas palabras ''i can't breathe'', materializan la asfixia social que diversas comunidades vulnerables han vivido por cientos de años. El video donde se observa cómo un agente policiaco, Derek Chauvin, aplasta el cuello de Floyd durante 9 minutos, recorrió el mundo entero en cuestión de segundos. La viralización de este suceso, desencadenó en la presencia de miles de manifestantes en las calles de Estados Unidos. No obstante, la comunidad internacional demostró su apoyo con la comunidad afroamericana de diversas maneras, haciendo uso principalmente de las redes sociales. 

    A pesar de los efectos positivos que demostró la solidarización de personas ajenas a la comunidad afectada, también evidenció que hemos estados cegados ante la violencia de nuestro propio contexto. La realidad es que la brutalidad policiaca no es nueva para nosotros los latinoamericanos, para los pobres, para las mujeres, para las minorías sexuales, para los indígenas, o para los estudiantes. Cualquier persona que no pertenezca a la élite protegida, es considerada como potencial agresor contra el estado de bienestar, por lo que debe de ser reprimido sin importar los medios. Nosotros los mexicanos, incluso hemos considerado como parte de la dinámica cotidiana el ''dar mordida''. Si bien, esto nos demuestra que buscamos alternativas para evitar un castigo, también nos enseña el miedo que tenemos hacia las medidas punitivas extraoficiales del Estado. 

    Durante los primeros momentos de evolución de la pandemia, múltiples preguntas nuevas respecto a nuestro futuro incierto, se integraron en el pensamiento colectivo. Dos autores destacaron durante este periodo reflexivo, Slavoj Žižek y Byung Chul-Han, filósofos contemporáneos, plantearon dos posturas opuestas respecto a los impactos políticos, económicos y sociales de esta crisis sanitaria. Slavoj, consideraba que la presencia de este virus, terminaría por derrumbar el sistema capitalista que gobierna el mundo, y preveía incluso el resurgimiento de un ''oscuro comunismo''. Byung, por otra parte, mencionó que este virus, acompañado con las medidas de aislamiento y de seguridad, darían un fuerte golpe al sentido colectivo, potenciando así una mayor interferencia, vigilancia y, por ende, inevitable abuso por parte del Estado. 7 meses han pasado desde que se generaron dichas reflexiones, y la evidencia parece apuntar a las predicciones de Byung. Sin embargo, es posible que ni él mismo haya calculado la dimensión de la violencia ilegítima que se avecinaba. 

    Con la excusa de salvaguardar la salud de los ciudadanos, ciertos gobiernos optaron por la implementación de medidas altamente cuestionables para detener la actividad social y poder contener así la propagación del virus, con herramientas tales como la militarización de las calles, como fue el caso de Italia. México, por otra parte, aparentó tener una respuesta menos incisiva sobre la vida de sus pobladores, sin embargo, a pesar de que desde la institucionalidad se hayan guardado apariencias, sabemos bien que la violencia se ejerce debajo de la mesa. 

    20 días antes de la muerte de George Floyd, en la Zona Metropolitana de Guadalajara, ocurre un fuerte caso de brutalidad policiaca. Giovanni López, de 30 años, muere a causa de golpes proporcionados por elementos de la policía en una ejecución extraoficial. Giovanni es detenido debido a que ''no portaba cubrebocas'', posteriormente, ingresa a la patrulla, y fue ahí la última vez que sus familiares lo vieron con vida. El informe oficial de la Comisión Estatal de Derechos Humanos de Jalisco, reporta que el cuerpo de Giovanni contaba con varias contusiones en el rostro, el tórax, epigastrio, mesogastrio, entre otras contusiones. Al enterarse de esto, sus familiares reclaman justicia, sin embargo se reporta que el alcalde de donde sucedieron los eventos, Eduardo Cervantes Aguilar, trató de acallarlos con una compensación de $200,000 M.N, y al no obtener un resultado positivo, procedió a amenazarlos. Actualmente la casa de sus familiares se encuentra vacía.

    Seguido de la viralización de este caso, se realizaron múltiples manifestaciones en el país, principalmente en la Zona Metropolitana de Guadalajara y la Ciudad de México. En estas mismas manifestaciones, en contra de la violencia policiaca, la policía y los agentes antimotines, intentaron contener la manifestación con el uso de la violencia desmedida. En la ZMG, se estima que al rededor de 80 personas fueron detenidas de forma arbitraria en las manifestaciones, varios de ellos sufrieron de violencia física y verbal. 

    Es así como observamos que la violencia del Estado se incorpora en la vida cotidiana, de forma gradual y sutil, pero con efectos catastróficos. A través de discursos que parecen promover la salud de los ciudadanos, se busca legitimar el uso excesivo de la fuerza por parte de los elementos de seguridad. Mientras los derechos humanos son pisoteados diariamente por aquellos que deben de protegernos, los gobiernos se autoproclaman como vencedores y justos ante su pueblo. Dicen que nos están cuidando, que protegen nuestra vida, y quizá esto sea cierto, siempre y cuando pertenezcas a la élite de poder, o te encuentres portando tu cubrebocas. 

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